Una pieza publicitaria sirve para explicar algo, para impresionar a alguien, para promover una ideología, para llamar la atención, para extender una invitación, para facilitar una promoción, para felicitar a nuestro equipo de ventas, para pregonar nuestro piso de ventas, para enamorar a alguna señora, para reforzar el hambre de cierto oficinista, para llenar un cine… para muchas cosas, pero sobre todo, para hacer que el receptor quede “alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud”.

El anterior retazo de prosa magnífica pertenece al `Quijote´. ¿Burlas? Sí, la gran publicidad es humor, chiste, camaradería. ¿Veras? Sí, la publicidad enseña, educa, muestra y demuestra. ¿Admiración? Sí: un buen anuncio usa argumentos y testimonios, regala evidencias, adereza con ejemplos, adoba la visión del público con muestras de veracidad y eficiencia. ¿Discreto? Sea, porque un anuncio efectivo embelesa, pero también arguye, medita. ¿Embustes? Sí, ya que un anuncio debe parecer “oficial”, debe enseñar a distinguir lo bueno de lo malo, lo original de la copia. Si tu pieza publicitaria puede generar todo lo dicho, lo estás haciendo bien.

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